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Qué hacer, o no, en situaciones de riesgo



(ALAI. Adalid Contreras).- No todo es por el cambio climático

El mundo está sufriendo un dramático incremento de situaciones de crisis por razones ambientales, en las que se pueden identificar características comunes además de la identidad que les da la incidencia problemática, cuando no devastadora, del cambio climático.

Una primera característica común es que no se trata de problemas estrictamente ecológicos, sino inevitablemente multidimensionales, porque abarcan de manera integral y en las particulares formas de expresión de cada caso, una dimensión institucional que considera a todas las entidades involucradas con sus diferenciadas formas de responsabilidad; otra dimensión material o técnica referida a la problemática ambiental propiamente dicha; y una dimensión humana, personal y organizativa de las sociedades, particularmente de las poblaciones afectadas o potencialmente vulnerables.

Un segundo punto común, siguiendo los principios de la “gestión de riesgos” dirigida a trabajar programas para mitigar las vulnerabilidades, sugiere diferenciar la existencia de situaciones de riesgo, de daños y peligro. La situación de riesgo viene a ser un proceso previo como posibilidad de derivar en consecuencias negativas. La situación de daños supone eventos que ya operan como efectos negativos para el orden social y ambiental. Y las situaciones de peligro conllevan consecuencias indeseables como crisis o catástrofes. Cada situación exige formas diferenciadas de intervención ya sea de previsión, prevención o solución.

Un tercer punto común, es el carácter político que está implícito en toda situación de crisis ambiental, por los intereses que se ponen en juego, por el sentido de oportunidad que toda crisis representa en contextos de disputa del poder, y porque el ambiente de su desarrollo está constituido por espacios combinados de incertidumbres, contradicciones, (des)legitimaciones, apropiaciones subjetivas de datos objetivos, vivencias personales y temores sufridos o imaginados en una situación creciente de vulnerabilidad.

¿Qué hacer o no hacer?

Por lo general, la primera reacción en situaciones de crisis ambiental, suele ser la búsqueda de autolegitimación o justificación institucional. Este proceso es inmanente a la necesidad de operar con imagen reconocida en un contexto en el que suelen ser escasas las reacciones solidarias, primando los comentarios pesimistas, las informaciones confusas, las exigencias desmedidas y los ataques mordaces. Un caso conocido es aquel que tras el paso del huracán Mitch, que arrasó territorios extensos de la América Central, en una de sus ciudades, la gente había internalizado la imagen de que la Gobernación no tomó las previsiones necesarias para evitar su presencia devastadora, por lo que esta entidad se forzó a pasar varios días explicando que el fenómeno natural impredecible estaba por encima de toda política, y se dedicó a mostrar un inventario historizado narcisista de sus acciones, entretanto la gente sobrevivía a la intemperie. Ciertamente que un acertado (re)posicionamiento institucional se construiría mejor con medidas concretas que afronten oportunamente la problemática y que orienten salidas en los laberintos de incertidumbres.

Otra reacción suelen ser las sobreabundantes explicaciones técnicas en lenguaje tecnocrático de difícil procesamiento para poblaciones que quisieran saber cómo protegerse, más que las exquisiteces fenomenológicas del problema. Es aleccionadora la experiencia de erupción de un volcán, en cuyo proceso previo de alertas amarillas y naranjas, a fuerza de las esmeradas orientaciones que brindaban los medios y las autoridades, todos los habitantes aprendieron a identificar el domo, la lava, el cráter, los lahares y el magma, pero llegado el día de la erupción no tenían idea de lo que tenían que hacer, por lo que en un afán natural de autoprotección armaron una situación de desorden caótico más alterativo que el mismo volcán, que al final se limitó a cubrir el cielo con un manto negro de cenizas. Un simulacro o unas notas sobre áreas de protección, refugios, mochilas con enseres y medicamentos, solidaridades y organización para los desplazamientos habría sido infinitamente más adecuado.

La población es factor prioritario en las situaciones de crisis. El punto de partida para su consideración es el ambiente legitimado de vulnerabilidad producto de la incertidumbre que provoca la alteración de su cotidianeidad. Las subjetividades desequilibran la necesaria objetividad que se requiere para actuar en situaciones de riesgo, de daño o de peligro. Las estrategias de intervención, con acciones de orientación, información y acompañamiento, ya sea como previsión, prevención o soluciones, deben considerar que la fórmula para relacionarse con las personas y sus organizaciones es muy sencilla, consiste en el elemental ejercicio de saber escuchar sus temores, sus dudas, sus esperanzas, sus reclamos y sus propuestas, poniéndose en su situación, es decir, colocándose en el lugar desde donde construyen sus discursos y dialogar con ellos. En toda situación de crisis, primero está la gente.

Debo sin embargo relativizar esta afirmación, retomando la experiencia del encallamiento del buque Floreana en aguas de las Islas Galápagos, donde la primera preocupación de la población fueron las tortugas, los lobos marinos, las iguanas, las aguas del mar y la vegetación; es decir, el hábitat de ese lugar patrimonio natural de la humanidad. Por eso, digamos mejor que, en situaciones de crisis ambiental, primero está la vida, o el funcionamiento armónico de ese conjunto combinado de seres vivos humanos, animales, plantas, aire, agua, tierra, cosmos…

Un caso paradigmático de politización es la experiencia que está viviendo actualmente la ciudad de La Paz, Bolivia, por el derrame de toneladas de basura en el relleno sanitario donde se procesan los deshechos de la ciudad. Los pobladores de la zona bloquean el acceso de técnicos que puedan remediar la situación, además del paso de nueva basura. Esto provoca la acumulación en las esquinas de la ciudad, alcanzando ya ribetes de una crisis ambiental y sanitaria. Como una alternativa se logró un acuerdo para depositar temporalmente la basura en el relleno de la vecina ciudad de El Alto, pero la medida fue resistida, léase bien, por el presidente de la Federación de Juntas Vecinales de La Paz. ¡El máximo dirigente atentando contra los pobladores a los que dice representar! En paralelo, las entidades gubernamentales optaron por la desacreditación de la gestión del Alcalde, quien está sometido a un cerco que le impide desarrollar una propuesta de medidas técnicas, legales y administrativas, inmediatas y de largo plazo que, paradójicamente, recogen los planteamientos de las organizaciones ciudadanas y gubernamentales. ¿La búsqueda de rédito político puede valer más que la salud de la ciudadanía y del ambiente?

Otro modelo de desarrollo

Siguiendo a Pietro Comba y Raúl Harari, convengamos en que una estrategia para la gestión de riesgos busca dinamizar la capacidad social de resiliencia, es decir la capacidad de una comunidad, sociedad u organización expuestas a una amenaza, para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse de los efectos de una crisis ambiental, en forma oportuna y eficaz.

Esto a sabiendas, como dice Ulrich Beck, autor de la “Sociedad del riesgo”, que estamos (sobre)viviendo en una carrera desmedida del crecimiento y del progreso que tiene efectos perversos difíciles de controlar y que derivan en complejas situaciones de incertidumbre y riesgo real, en una relación en la que a un crecimiento lineal de las incertidumbres le corresponde un crecimiento geométrico de las perturbaciones. Necesitamos otro modelo de desarrollo.

Adalid Contreras Baspineiro es sociólogo y comunicólogo boliviano. Ha sido Secretario General de la Comunidad Andina – CAN.